La Sultana del Norte

16.11.2019

A Virginia y Homero Silva


¡No quería someterse a la amenaza! ¡No necesita ser cómplice de ningún cártel de la droga! Es su rancho, ¿por qué habría de entregar su quinta, la huerta con los naranjos?

Álvaro Treviño, tranquilo y satisfecho con su forma de vivir, había escuchado hablar y había platicado en muchas ocasiones del cártel de los zetas. Sabía que habían llegaban a controlar estaciones completas de la tras nacional petrolera Pemex en el sexenio del inepto de Peña Nieta, y que la extorsión junto con el secuestro de empresarios eran sus dos principales actividades después del cambio del régimen en el país. Había visto pasar en varias ocasiones las pipas de gasolina con la marca inconfundible del cartel de los zetas por las carreteras de Linares rumbo a la ciudad de Monterrey. Estaba bien informado sobre el cártel de los zetas por los periódicos, la televisión, la radio y las historias que los amigos de la ciudad y el rancho contaban; aún así, no esperó nunca verlos en su mesa. Él vivía sereno en una inmensa y ostentosa privada en donde su casa y la de sus vecinos desbordan de nueva y lujosa arquitectura.

Cuando se junta Álvaro con sus vecinos para hacer una parrillada, él nunca deja de observar los floreros; le gusta fijarse en los muebles, en el tapiz de los sillones, en que si tienen o no sus amigos un buen juego de cuchillos para cortar la carne que tanto disfruta marinar la burguesía norteña. Le agradan las casas, la decoración de las casas. Él se ha esmerado en mejorar la suya durante bastantes años.

Considera que es una persona amable. Vive tranquilo en su residencia con lámparas de traventino romano. Le enorgullece el escritorio que tiene en su biblioteca, es moderno y de caoba, fue tallado a mano por el escultor Enrique Carbajal. Mandó traer madera de Valle de Bravo para colocarla como duela en su amplio y radiante comedor. Las grandes habitaciones de su hogar están diseñadas al capricho de su buen gusto. Los amplios armarios, las ventanas con vidrios pigmentados con un sutil verde turquesa le dan felicidad. La colección de libros que posee y que ha ido recopilando y leyendo durante cincuenta años, lo hace sentirse diferente. Cada detalle de los muebles de su casa resalta por el impecable color blanco que predomina en su hogar. Hay blanco por todos lados, blanca es toda la estructura exterior de su casa, blancas son casi todas las paredes en el interior de su hogar.

Podría estar satisfecho con su vida, a sus sesenta y cinco años conserva claros los recuerdos de las pequeñas cantinas de Monte Morelos donde creció; porque no siempre tuvo dinero, se lo ganó a pulso para poder, en estos años de su existencia, disfrutar de asistir los domingos a misa con su familia. Ya casi no bebe pero jamás ha soltado el trago. Aprendió a disfrutar de la cerveza a partir de los catorce años. Está orgulloso del colegio particular donde estudian sus tres nietos. Monterrey es para él una ciudad en donde puede disfrutar de su chequera. Él fue quien decidió ampliar el jardín de la privada donde vive, trabajando se ganó el dinero que ostenta. Le agrada el pasto, los quioscos de madera iluminados por la noche. La luz de las luciérnagas lo relaja a tal punto que se ha llegado a quedar tres horas observando su parpadeante destellar de luz amarilla, verde y azul. Es un gran lugar en donde vive. Puede dejar su casa sola durante días sin preocuparse por colocar el cerrojo de las puertas.

Alvaro piensa que la parte sur de Nuevo León es un buen sitio para estar con su familia. Quiere mantenerlos viviendo allí, no tiene por qué alejarse de los elegantes centros comerciales a los que va a comer tres o cuatro veces por semana, no tiene por qué arriesgarse a que secuestren a sus hijos o a sus nietos, su deber es cuidarlos. Le preocupa lo que le ha pasado porque su esposa no tiene a nadie más que a él, y él ya no tiene las fuerzas que poseía antes para defenderla como quisiera. Le puede dejar el suficiente dinero para que jamás se preocupe por nada, pero eso no es consuelo ante lo que le está pasando. Sus dos hijos no la quieren a ella. Nunca supo ser buena madre, se la pasaba preocupada por complacerlo a él, por arreglarse todos los días para él. A ellos los cuidó bien, pero sin mucho ánimo. Él fue quien le pidió tener cinco hijos. Fueron tres niñas y dos varones. Y a pesar de que ya casi no bebía, después de haber tenido aquel encuentro comenzó a tomar con más frecuencia que antes sus vasos de coñac. Comenzar a beber por la mañana y hasta el anochecer se convirtió en su rutina cuando escuchó que tenía como fecha de entrega el día sábado. Álvaro Treviño a ratos se encierra en su biblioteca. Su esposa no le dice nada porque él ha cultivado un carácter fuerte que le da el control de su familia, el derecho y el gusto de aislarse y embriagarse cuando lo desee. Mantiene con firmeza el cuidado de sus hijos, a pesar de que ya son adultos. A todos les dio escuela y trabajo, carácter y amor por la familia. Sus cuñadas, sus compadres, sus primos, todos lo respetan, no dudan de él, no sospechan nada. Siempre ha sido un poco esquivo, irónico y a veces hasta reservado, por eso no le inquieren o le mencionan nada. Rumoran entre ellos que ha estado bebiendo mucho estos últimos días pero nadie se asombra, ni se atreve a decirle que suelte la copa. Lo dejan solo porque saben que es parte de su ser. Tiene ese espíritu, el de disfrutar de la neblina que baja en los días fríos del cerro hacia su casa. Él sabe que su residencia es la más grande, la mejor colocada. En lo alto de la privada donde construyó su hogar puede ver la bella arquitectura de las demás casas. Se alegra del hermoso paisaje adonde regresa todas las tardes del trabajo, de sus negocios, de sus comidas en restaurantes de lujo donde cierra contratos y dice algunos chistes. Pocos distritos en Monterrey son como el lugar donde él vive, donde el clima es tan variado y agradable. ¿Por qué habría de someterse al cartel de los zetas?

Ubicado en una zona privilegiada, goza de docenas de kilómetros bien diseñados para trabajar, vivir y crecer en paz. Grandes edificios de cristal, hoteles de hermosa piedra roja, amplias avenidas, abundantes árboles y parques donde salir a caminar o a pasear al perro.

El planetario es uno de sus lugares favoritos. Mucho mejor construido que el de la comprimida Ciudad de México. El planetario de la Ciudad de Monterrey tiene un jardín de la ciencia, un pequeño río con sus aves multicolores, un museo temático lleno de juegos infantiles y con espacio, figuras de arcilla colocadas en vitrales hermosos que enaltecen la historia prehispánica del territorio mexicano.

Qué a gusto se siente Álvaro Treviño viviendo en la Sultana del Norte.

Disfruta de salir de cacería con su cuñado; ha llegado a pagar más de tres mil dólares para matar a un animal, en específico; a una joven cebra. De niño les disparaba a los conejos en la sierra. La sensación de la escopeta es algo que sus manos necesitan para estar tranquilas. Ese golpe en el hombro que llega a su cuerpo cuando la pólvora explota al salir disparada la bala que empuja a su vez al rifle contra su hombro, le encanta. Perder lo que tiene no es opción. Bien comprende que son varias las personas que han secuestrado y que los cárteles siguen secuestrando. Y más que varias, son muchas las historias de levantamientos de algún conocido y hasta de algún familiar cercano. Su ahijado entre ellos.

Monterrey Nuevo León está acuartelado. La Guardia Nacional lleva seis o siete años en las calles. Álvaro Treviño, como buen empresario, sabe y tiene su propia opinión política. Lee a diario el periódico la Jornada para comprender que un ex presidente estúpido utilizó a los militares para reprimir a la población, sabe que Felipe Calderon utilizó la pasada guerra contra el narcotráfico como pretexto para inmovilizar a dirigentes sociales, que Estados Unidos permite el tráfico de armas con el fin de dañar a México. Los enfrentamientos en Monterrey y en todas las provincias del país, no han sido pocos ni casuales, van bien dirigidos, son específicas las órdenes de a quiénes buscar y a quiénes dejar pasar como si no existiesen. No por ello deja de ser irreal el peligro, las muertes fortuitas, casuales y provocadas. Numerosos muertos por una bala dirigida o perdida es la historia de los últimos diez años de México. El cártel del golfo, los zetas, la familia michoacana y hasta el cártel de Sinaloa, se disputan el territorio de Monterrey. Paso inmejorable a Estados Unidos, frontera de miles de millones de dólares y de desaparecidos. Álvaro Treviño está nostálgico, no deja de preocuparse por su familia.

En su tristeza, no puede evitar platicar con la señora que llega cuatro veces a la semana para limpiar su casa.

Mientras Álvaro Treviño supervisa que limpie bien la cocina, le comenta que él también teme salir por la noche. Ella, curiosa y atenta, escucha hablar a su patrón sobre las huertas de naranjo mientras seca un traste. No sospecha que amenazaron al señor Treviño, sólo nota un ligero cambio en su patrón. Lo ha visto antes beber durante días así que ese no es el indicio, sino el tono de su voz, el excesivo interés que muestra en su trabajo, la forma en que se talla el ojo, se lo ha irritado demasiado. Se ve extraño, elegante como siempre, bien peinado su cabello blanco pero con la cuenca del ojo izquierdo a punto de sangrarle. Como sea, ella tiene sus propias preocupaciones, sus propias historias que contar.

Lo interrumpe la señora de la limpieza al recordar, por asociación de ideas, a un hermano que fue secuestrado. Según narró ella, era un pelado grande y bragado con casi los dos metros de estatura; fuerte, mucha masa corporal, pero no obeso.

-Fíjese que iba con su esposa y sus dos hijas por la carretera rumbo a San Miguel de Allende a visitar a uno de sus hermanos; salió de casa un poco tarde según me dijeron las hijas de este pelado. Como a eso de las siete de la noche apenas se estaban subiendo al auto. Se retrasaron a causa de que una de sus hijas, la menor, Mónica, se salió con el novio al parque, o eso dijo ella, pero la verdad es que se fue a la casa de ese muchacho para estar a solas, una sabe de esas cosas. Pero aunque hubiera llegado temprano, eso ni hubiera cambiado nada -continuó narrando la criada-. Ya los estaban cazando. Tomaron la salida de Monterrey, la que desde hace dos años están repavimentando. Sí sabe cuál, ¿verdad?, la que tiene un hermoso paisaje de cerros verdes y preciosos árboles con hojas entre amarillo y castaño. Fue sobre la carretera donde los detuvieron, a la altura de donde empieza el poblado de Monte Morelos. Se le cerraron dos camionetas azules.

Su cuñada se lo contó con nostalgia y duelo en una comida. Le explicó que cuando vio que se le estaban cerrando las dos camionetas, este pelado frenó a todo lo que daba su coche. Les gritó a sus hijas y a esposa que se sujetaran. Tan fuerte fue el frenado que dejó la marca de las llantas en el asfalto -todavía se pueden ver cuando pasa uno por ahí -le dijo la señora de la limpieza a Álvaro.

Aun así, aunque frenó con todo el pedal, se estrelló contra una de las camionetas que se le habían estado cerrando. Se bajaron más de seis personas armadas. Se lo llevaron a él y a su esposa; a las hijas no las tocaron. Y no crea usted, señor Álvaro, que se tardaron mucho en saber de ellos; bueno, de ella -corrigió la criada -encontraron a mi cuñada tirada a sólo kilómetros de donde la subieron. Eso sí, golpeada, inconsciente, toda llena de sangre en las piernas, en los brazos, la cara, el pecho, hasta en las nalgas. De él no volvimos a saber, nunca llamaron para pedirnos dinero. Jamás se encontró el cuerpo, nada, cosa terrible para mi cuñada. Cuando veía en las noticias de que habían descubierto los militares una narco fosa en Monterrey ella siempre lloraba. Déjeme le digo por qué: lo que pasa es que tenía que ir a ver los cuerpos descompuestos. Triste esperanza de que uno de ellos fuera su marido. Así se la pasó más de dos años, buscándolo entre otros muertos. Qué desgracia no saber siquiera si está vivo el marido, ¿no lo cree?

Álvaro suspiró al escuchar el relato y se volvió a tallar el ojo. Regresó a la conversación sobre su rancho y al hacerlo desvió la mente de su criada. Álvaro Treviño empezó a decirle a la señora que todavía no termina de sembrar las hectáreas que él quisiera. Le hacía falta dinero para contratar más trabajadores. Treviño piensa que algunos de ellos son buenos amigos, leales, muy honrados. Un segundo después se quedó callado y se fue a su estudio a pensar en todas las personas que dependían de él. Admiró sus libros. Las familias de los trabajadores que le daban su riqueza no podrían vivir sin los contratos que él conseguía. Si él viviera tan sólo unos cuantos kilómetros más hacia el oeste, en una de esas mansiones con varias hectáreas de bosque como patio, no hectáreas como las suyas que se utilizan para la siembra, sino hectáreas para disfrutar de pura buena gana, esa sí sería otra vida, no estaría amenazado como se encuentra ahora; o quizá sí, ahora no está seguro de nada. Se puso a imaginar cosas, a engañarse a sí mismo pensando que a los verdaderos ricos no los secuestran, ellos tienen guardaespaldas, federales en la puerta de su casa, cenas con los gobernadores y con el presidente, negocios internacionales, él quisiera vivir así. Es consciente de que en todo Monterrey secuestran, nadie se salva; lo sabe de antemano. Pero lo suyo no es un secuestro, le han pedido su rancho, que colabore. Dos opciones le gritaron sin alzarle la voz.

Recuerda que se acercaron a él mientras estaba comiendo en un pequeño restaurante de Linares. Ya lo habían estado observando, aprendiendo sus hábitos. Por eso se aproximaron de la mesa de enfrente de donde se había sentado. Le explicaron quiénes eran, y cómo vivía él. Le dieron el nombre de sus hijos y sus nietos.

-Ni pretendas levantarte -lo amenazaron-. Hay otros tres afuera, todos armados y tienen una sola orden, que si sales primero que nosotros te maten -agachó la cabeza, se encogió en su asiento al escuchar eso. Miró por la ventana, vio coches estacionados pero a ninguna persona. Los escuchó callado, nervioso, tosió un poco.

-Le entras o lo tomamos a la fuerza -le dijeron. Silencio. Después de un momento, Álvaro negó despacio con la cabeza.

-Bueno, ya sabes cómo están las cosas. Piénsalo, en unos días te marcamos a tu celular.

Para el momento en el que estaba meditando en su biblioteca recordando la amenaza, ya le habían llamado. Los mandó furioso a la chingada. Siempre había sido un cabrón bragado. ¿por qué cambiar ahora? Él también sabía lo que es disparar una bala a una persona. Hacía tres años le había metido una bala en los pulmones a uno de sus cuñados. Además, no tenía a quien pedirle ayuda. Si hasta los pinches federales y militares andan en esos desmadres, ¿a quién acudir entonces? ¿No había renunciado el administrador del Palacio Municipal de Linares porque el pinche alcalde se coludió con el narco? Bien sabía que los zetas llevaban a las personas que secuestraban al cuartel de la policía federal. Se lo había dicho él, su amigo, el administrador que renunció. Pero mucho antes de eso Treviño ya sabía esas cosas. Pueblo chico infierno grande. Casa en la ciudad de Monterrey, pero hectáreas para ser trabajadas en el pueblo de Linares. Cuando Omar mató un jaguar y lo comenzaron a buscar porque está penado por la ley del Estado, todo el pueblo supo que Omar se fue a esconder a la petaca. También se supo rápido cuando una noche a uno de sus trabajadores lo levantó un grupo de militares sin ninguna orden ejecutiva, porque así son de culeros. Detienen a quien se les antoja por la noche. Se lo llevan para ver si pueden extorsionar a alguien. Luego sale en los periódicos locales que se llegan a enfrentar unos militares con otros militares. Todo se sabe. Y es que la gente escucha, el pueblo reconoce lo que pasa. Quizás hasta ya sepan que me van a ir a buscar, pensó Álvaro. Armas, eso era lo que le hacía falta. Tenía algunas escopetas guardadas. Las usaría todas. Eso fue lo que concluyó el viernes.

Al otro día despertó ya bien seguro de lo que tenía que hacer: dejar a su familia en su casa de Monterrey, despedirse tranquilo de su esposa, con cariño pero sin insinuarle nada. Así que se arregló aquel día, se puso una camisa negra, pantalón de mezclilla y botas. Le mar có a Lencho con su IPhone al salir de su elegante hogar.

-¿Qué pasó compadre, ya prepararon la carne enchilada, o qué? Si no, no importa, lo que quiero es que me juntes a todos los trabajadores y los saques de la huerta, tienen el día libre.

-¿Y eso por qué?

-Pues porque voy a ir para allá con una querida y necesito es tar bien solo. Ya sabe cómo es la gente de chismosa. Así que váyalos corriendo a todos, compadre. Ya el lunes le cuento a quién llevé ahora.

Álvaro Treviño tomó carretera, pero antes de llegar a la huerta se detuvo a beber una cerveza. Fue al mismo restaurante donde lo habían amenazado. Al sentarse, lo primero que pidió fue una Bohemia bien fría; le ofrecieron Tecate light, pero la cerveza light se le hacía para señoritas. El mesero se la llevó de mala gana, una sola cerveza no implicaba una buena propina. Mientras se la tomaba, un alto relieve en las personas le llamó su atención. Parecían mucho más reales que cuando se platica con ellas. Como si estuvieran pintadas al óleo, enmarcadas e irrepetibles en una galería, hasta los objetos le resaltaban. Se quitó sus gafas rectangulares y ahumadas para apreciar su diseño, se las colocó para fijarse en cada detalle del movimiento de los cuerpos, comprendía su lenguaje corporal como si él hubiera estudiado para ello. Apreciaba las aspas de los ventiladores colgados en el techo, el estilo de comer de las otras personas. Respiró hondo, se terminó su cerveza. Miró con alegría a su alrededor. Por las ventanas observó los coches que se encontraban estacionados y se acordó de los zetas y de la güera. Nunca la quiso de amiga pero jamás quedó mal con ella. Ella podría ayudarle. Pensó en llamarle, tenía su número. Esa güera seguía siendo buena amiga de la familia de su esposa. Todavía mantenía contactos con el narco la desgraciada. ¿No fueron a la casa de la güera los militares con sus trajes verdes y sus guantes negros a robarle y desmadrarle sus muebles? Le quitaron los televisores, destruyeron su cocina, rompieron las puertas, quebraron los vidrios y la obligaron a que se encuerara para agarrarle bien las chichis y las nalgas, y todo fue a plena luz de día, en la elegante privada de la rioja. Y según contó en un cumpleaños de la sobrina de Álvaro Treviño, fue por una orden del gobernador, un ajuste de cuentas. Nada excesivo, sólo poner en balance las cosas. Ella vendió droga donde no le habían permitido, así que ambos, el cártel y el Estado, decidieron mandarle una advertencia, sólo para que se calmara y pensara mejor las cosas. Aun así, todavía hacía envíos de droga en la frontera. Ella podría ayudarlo. Valdría la pena llamar a la güera, contarle lo que le estaba pasando. Quedar a deberle un favor no sería tan malo. Lidiarse con una parte del narco, eso es lo que estaba pensando Álvaro Treviño. Para pura madre valía la güera. La misma chingadera. No. Se enfrentaría a ellos, defendería él solo su rancho.

Se talló el ojo irritado, pagó la cuenta y salió rumbo a la huerta.

Al llegar la encontró sola tal como lo había ordenado. Se sintió tranquilo de que sólo se escucharan los ruidos habituales de los insectos; el aroma a tierra y a naranjos lo calmó. Contempló su otra casa. La admiró durante un largo rato pero no entró. Atravesó su enorme camioneta Lobo en la puerta de su quinta y después cargó con meticuloso cuidado las tres escopetas que tenía. Una la dejó a dos metros de la entrada, bien pegada a la barda; él también se quedó a un costado pero un par de metros atrás de donde había dejado la escopeta, en una silla de mimbre que tenía, como a siete metros de la camioneta. Esperó a que diera la hora del plazo. Ya no pensó ni hizo nada. A las cinco de la tarde, sumido en el silencio de su hermosa huerta mientras contemplaba con ansia y tranquilidad las hojas frondosas de los naranjos, escuchó el ruido de tres motores de camionetas. Cerró los ojos, apretó con fuerza la escopeta que tenía en su mano y se colocó en posición para dispararle al primero que viera. Se mantuvo en calma con la escopeta bien sostenida entre sus manos. El sonido de los motores cesó, segundos después varias ráfagas de disparos aturdieron sus nervios y sus tímpanos. Asustado pero firme observó que su camioneta Lobo estaba siendo atacada. Una camioneta de toneladas se desplomaba, se hundía un par de centímetros en la tierra. Aun así el cartel de los zetas mantuvo los disparos bajo control para no incendiarla. Álvaro se preparó para disparar, sus manos estaban ansiosas, apretaban y soltaban la escopeta en ínfimos segundos y milímetros. Su robusto cuerpo se llenó de ansiedad. Sintió la presión

con que se había sujetado las botas porque le lastimaban al estar de pie. Tenía que matarlos. Reaccionó rápido. Se dio cuenta de que eran dos los que primero buscaron precipitarse por arriba de la camioneta desecha. Sólo necesitó ver dos centímetros de ellos; un poco de sus manos y de su cabeza le bastó para soltar el primer disparo que fue certero. Le demolió el rostro al que estaba de su lado izquierdo. No dejó de disparar. Agotó todas las cargas de la primera escopeta. Tomó la otra que había dejado sobre la silla y fue descargándola a cada paso que daba, pero la vació sin darle a nada más que a su propia camioneta. No le importó. Ganó un par de metros y confianza. Recogió la última escopeta que había colocado pegada a la barda y se preparó para descargarla contra los narcotraficantes. Un solo disparo de su última arma le bastó para colocarse rápido en la entrada de la quinta, atrás de la camioneta desecha. Los vio por un segundo cara a cara. Se apresuró a dispararles de nuevo pero soltaron una ráfaga de balas precisas contra su cuerpo antes de que él pudiera siquiera presionar el gatillo otra vez.